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No todo lo que escribo da como resultado una realización, resulta más una tentativa. Lo que también es un placer. Pues no todo quiero abarcar. A veces quiero sólo tocar. Después lo que toco a veces florece y los otros pueden tomarlo con las dos manos.
Clarice Lispector

El canto de dos alas

Dice la leyenda que existió una muchacha india llamada Anahí.
Anahí era la más fea de la tribu que habitaba en las orillas del Río Paraná, pero algo la distinguía y la volvía tiernamente bella: su voz.
Su voz era la más preciosa que podía oírse. Su voz, volaba como la libertad de los pájaros en el bosque. Su voz cruzaba las distancias y se zambullía en las almas y así, es que su voz era belleza pura y natural.
La leyenda también cuenta que fue tomada prisionera y que cuando el hombre blanco se durmió ella, valiente y decidida, dio muerte al centinela que la vigilaba.
Corrió al bosque para esconderse pero fue alcanza y condenada a morir en la hoguera.
La ataron a un árbol; un árbol bajo, de anchas hojas y encendieron el fuego.

El cuerpo de Anahí en silencio, comenzó a tomar una extraña forma y poco a poco, como las cosas que nacen con el destino de ser bellas, se convirtió en un árbol esbelto coronado de flores rojas.
Al amanecer, en el claro del bosque, resplandecía un Ceibo en flor

El 2 de diciembre de 1942 existió un decreto (138.474/42) donde se declaró a la flor del ceibo como flor nacional argentina.
Algunas de las razones fueron: “no existe en la República una flor que encierre características botánicas, fito-geográficas, o históricas que hayan merecido la unanimidad de las opiniones para asignarle jerarquía de flor nacional. El rojo de nuestro escudo es justamente, el rojo de esta flor. La flor del ceibo, cuya difusión abarca extensas zonas del país, ha sido evocada en leyendas aborígenes y cantada por poetas.

Cuando era chica jugaba en una plaza, y trepaba a un árbol. El hecho de trepar ese árbol implicaba un gran esfuerzo. Trepaba a ese árbol con una sola razón: alcanzar una de las flores.
Tomaba el corazón de la flor y con sumo cuidado lo dividía en dos. Con mis pequeñas uñas hacía dos incisiones a cada lado del pétalo donde introducía, una a una, las partes que previamente había dividido.

Recuerdo que me sentaba en una de las ramas de ese árbol sólo, a mirar lo que había hecho. Yo, había transformado la flor en un pajarito con dos alas.

Y uno crece y lo que antes costaba esfuerzo, ya no cuesta.
Sentarme en esa rama ahora se limitaría, solamente, a dar un salto.
La última vez que visité ese árbol me puse en cuclillas para recordar la altura que tenía y pensar: “cuanto crecí”

Uno puede no ver las cosas como antes las veía pero, las esencias no se olvidan.
Ahora que lo pienso, siendo grande, partí mi corazón para que tenga dos alas y compartirlo.
Uno puede no ver las cosas como antes, pero eso no implica necesariamente que tenga que ser malo... Antes podía hacer un pajarito de una flor pero, en ese entonces, no sabía lo que ahora sé: cuando me sentaba en aquella rama y me quedaba de tanta belleza en silencio, Anahí cantaba en mis manos.

4 comentarios:

La combinación que has hecho de mito, realidad y ficción literaria me ha parecido espléndida.

En cuanto a la leyenda, la desconocía, pero la guardaré en mi memoria por su belleza.
En cuanto a la recreación literaria que has hecho con respecto a tu experiencia con la flor del Ceibo me parece encantadora y entrañable, además de un gusto exquisito y unas buenas letras.

Es un sincero placer leerte.
Un abrazo.

A dos cuadras de mi casa hay un pequeño ceibo plantado en la vereda y cada vez que paso me paro a mirar sus flores porque me llaman muchísimo la atención.
Alguna vez supe partir mi corazón para que tuviera alas y pudiera compartirlo pero no me senté en los lugares que recorría cuando era pequeña y hay momentos en los que creo que no siempre es bueno ver las cosas tan distintas en el ayer y el hoy.
Lindo post, muy, muy lindo.

Amo tus comentarios. Las devoluciones que me hacés me inspiran, leo tus comentarios y pienso “faaa!! ¿yo hice eso?”
Gracias, gracias
también es placer para mi leerte

besos

Maktub: todos tenemos esos momentos donde creemos que no es bueno ver las cosas tan distintas. ¿pero son los que realmente cuentan?
Gracias por leerme

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